El alto contenido de sales y el pH de los suelos son dos problemas que afectan la producción agraria en Gran Canaria. El primero ocurre debido a las necesidades de riego y el segundo por el origen de los suelos.
Las necesidades de agua de los cultivos se calculan mediante un balance entre la lluvia (P) y la evaporación y transpiración, conocidas en conjunto como evapotranspiración (ET). En los meses en que la ET es mayor que la P, es necesario regar para suplir ese faltante. En estas condiciones, el balance hídrico resulta negativo, por lo que es necesario aplicar riego para cubrir las necesidades de agua de los cultivos.
Todas las aguas contienen sales, en mayor o menor cantidad. Estas se acumulan en el suelo porque el agua que se pierde por evapotranspiración lo hace en forma de vapor, sin sales. Como se observa, esta es una condición inevitable: es necesario regar y las aguas siempre contienen sales. Una forma de evitar su acumulación consiste en realizar lavados de sales del suelo. Esto se logra aplicando en el riego una cantidad de agua ligeramente superior a la evapotranspiración, siempre que el suelo tenga buenas condiciones de permeabilidad.

Autor: José Manuel Sosa Medina, jefe de la Agencia de Extensión Agraria, Gáldar.
Cuando un suelo se saliniza es porque el lavado ha sido insuficiente. La acumulación de sales puede llegar a afectar el rendimiento del cultivo. Con un bajo contenido de sales en el suelo, el agua llega a la planta sin requerir gasto energético adicional. Sin embargo, cuando aumenta la concentración de sales, la planta debe gastar energía para absorber el agua, lo que se traduce en una menor producción.
En un suelo salinizado la planta gasta energía para absorber el agua lo que disminuye la producción. Se puede evitar aplicando un riego algo superior a la evapotranspiración.
Un contenido bajo de sales en el suelo generalmente no afecta el rendimiento del cultivo. Sin embargo, hay cultivos, como el aguacate, que pueden verse afectados incluso con bajos niveles de sales debido a la presencia de cloruros. La toxicidad por cloruros se manifiesta en los bordes quemados de las hojas viejas. Esto provoca la caída de hojas y, en consecuencia, afecta la producción. Este problema se ha intentado resolver mediante el uso de patrones de injerto que toleren mejor la presencia de cloruros en el suelo. Por el momento, no se dispone de otra solución efectiva.
Los suelos con un pH de 8,2 contienen carbonatos de calcio. Este carbonato es de origen natural, es decir, estaba presente cuando se formó el suelo. En la mayoría de los suelos agrícolas de Gran Canaria el pH se encuentra entre 7,5 y 8,2. En los análisis de suelo este contenido se reporta como caliza. Estos valores elevados de pH afectan la disponibilidad de nutrientes para las plantas.
El valor de pH adecuado para el desarrollo de los cultivos se sitúa entre 5,5 y 7,0. Valores superiores afectan la disponibilidad de nutrientes, principalmente hierro, cobre, manganeso, cinc y boro, conocidos como microelementos o micronutrientes. Se denominan así por su bajo contenido en la planta, aunque son tan esenciales como los demás nutrientes. Debido al alto pH, estos micronutrientes, aunque puedan estar presentes en el suelo, se encuentran en formas químicas que las plantas no pueden absorber.
Las deficiencias de micronutrientes en las plantas provocan clorosis entre las nervaduras, hojas pequeñas y deformaciones, especialmente en los brotes jóvenes, ya que estos elementos son poco móviles dentro de la planta. También causan crecimiento lento, mal cuajado de frutos y menor resistencia al estrés.
La deficiencia de boro en cítricos provoca la muerte del ápice terminal, brotación excesiva, deformación de hojas jóvenes y frutos pequeños, duros y agrietados, con manchas gomosas. La deficiencia de hierro produce un amarillamiento conocido como clorosis férrica: las hojas jóvenes se vuelven amarillas mientras las venas permanecen verdes. La deficiencia de cinc causa hojas pequeñas dispuestas en roseta, entrenudos cortos y clorosis. La falta de manganeso genera una clorosis similar a la del hierro, pero acompañada de manchas necróticas. La deficiencia de cobre se manifiesta con hojas nuevas marchitas, deformadas y con necrosis. Estas deficiencias suelen corregirse temporalmente mediante aplicaciones foliares de quelatos. Sin embargo, el problema no se elimina, ya que su origen se encuentra en el suelo.
En la producción agrícola es una práctica habitual corregir el pH del suelo cuando este no se encuentra en el rango adecuado para el normal crecimiento de las plantas mediante la aplicación de enmiendas. En los suelos ácidos se añade una base —generalmente cal agrícola o dolomita— para elevar el pH por encima de 5,5. En los suelos alcalinos se añade un ácido con el objetivo de eliminar la fuente de alcalinidad, que es el carbonato de calcio.
Valores de pH superiores a 5,5 y 7,0 afectan a la disponibilidad de micronutrientes como hierro o cobre. Su deficiencia en las plantas provoca clorosis, deformaciones, crecimiento lento y mal cuajado de frutos.
Para que esta corrección se produzca es necesario aplicar un ácido fuerte. El azufre, la materia orgánica o los ácidos débiles no logran realizar esta corrección de manera efectiva. Los ácidos más utilizados con este fin son el ácido nítrico, el ácido sulfúrico y el ácido fosfórico. En la mayoría de los casos estos ácidos se aplican junto con el agua de riego.
La cantidad de ácido necesaria para corregir la alcalinidad es equivalente a la cantidad reportada en el análisis de suelo como contenido de caliza. Esta corrección debe realizarse con precaución. Además del carbonato, otros compuestos que estaban precipitados pueden disolverse, lo que aumenta la salinidad del suelo a niveles que podrían afectar a las plantas.
La corrección de la alcalinidad también tiene otros beneficios: permite corregir deficiencias de micronutrientes y aumenta la fertilidad del suelo al hacer disponibles compuestos que antes estaban precipitados, especialmente fosfatos. Asimismo, al eliminarse la alcalinidad se evita la pérdida de compuestos amoniacales —como nitrato de amonio, fosfatos mono o diamónicos y urea— cuando son aplicados al suelo.


