SACUDIRSE EL VICTIMISMO

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Se suele proyectar una imagen negativa sobre el sector agrario. Pertenecer al primer eslabón de la cadena alimentaria y cargar a cuestas con la etiqueta de ‘actividad vinculada al campo, vulnerable y sensible, expuesta a todo tipo de crisis (de precios, fitosanitarias y climáticas) y altamente dependiente de fondos públicos para sostenerse’, aumenta esa visión. Para buena parte de la opinión pública, los medios de comunicación e incluso las administraciones, la agricultura y la ganadería siguen ancladas al concepto de tradición. Se habla de ellas en términos emocionales o de identidad como si estuvieran condenadas a no prosperar. Rara vez se hacen eco de los avances tecnológicos que se introducen en los procesos productivos y en el modo de gestionar las explotaciones, no solo para cumplir con las normativas europeas y adaptarse a las demandas de un mercado exigente, sino para ser más eficientes, sostenibles y rentables. El medio rural se sigue percibiendo, por desconocimiento, como una estampa bucólica y no como una zona de dinamismo donde los modelos empresariales que se instalen deben tener las mismas oportunidades de crecer y prosperar que cualquier otra sectorial para seguir garantizando la alimentación diaria acorde a los nuevos tiempos.

Al sector agrario también se lo sitúa en el foco de atención de todos aquellos asuntos mediáticos, ya sea vinculándolo a la contaminación ambiental o al maltrato animal, pese a que muchas de las informaciones publicadas son sesgadas y malintencionadas por cuestiones muchas veces ideológicas. La desconexión cultural entre el mundo rural y el urbano es otro estereotipo recurrente con el que se quiere seguir manteniendo la obsoleta idea de que, quien trabaja el campo, es de baja cualificación. Y en medio de este contexto otra valoración pesimista: la intrínseca, la de los propios productores, especialmente los mayores, entre quienes escasea el deseo de ver a sus hijos continuar con su legado por la carga de trabajo y la baja remuneración que conlleva esta profesión. Aunque no representan a la generalidad, puesto que la gran mayoría de profesionales asegura sentirse orgulloso, con esa visión más que atraer al relevo generacional se contribuye a espantarlo.

Los agricultores y ganaderos tienen que empezar a despojarse del victimismo y convertirse en agentes de cambio aprovechando las herramientas al alcance. La tecnología, la formación y el asociacionismo deben contribuir a transformar todo aquello que puedan controlar para reducir los gastos y aumentar los ingresos dentro de sus posibilidades y acorde a las dimensiones de sus empresas. Sobre la volatilidad de los mercados, difícilmente podrán actuar, pero sí podrán hacer un uso más racional de los insumos con ayuda de la agricultura de precisión (digitalización), la agricultura regenerativa (cubiertas vegetales, laboreo mínimo), la lucha integrada para reducir el empleo de productos de síntesis, la utilización de sensores en el ganado para determinar su comportamiento o rendimiento, además de la separación de purines enfocado en reducir los residuos y generar subproductos con otros aprovechamientos, entre otras variadas alternativas. Este proceso modernizador, además de facilitar las labores diarias, actúa como dispensador de datos, información valiosa para mejorar la gestión de las explotaciones y obtener mejores resultados.

Hablamos de retos estructurales que, independientemente de que llueva, truene o haya conflictos internacionales, se deben asumir por parte de las iniciativas privadas que encarnan la agricultura y la ganadería profesional en paralelo con acciones políticas de calado que contribuyan a a la adaptación a estos cambios de gran complejidad. Las instituciones deben ser cómplices aportando los recursos: el conocimiento, la tecnología y el capital, pero también ayudando a despejar parte de la incertidumbre que se avecina de cara a la futura reforma de la PAC. Una reforma que no debería olvidar el origen de su existencia: asegurar el abastecimiento de alimentos a su población para garantizar la seguridad alimentaria priorizando el producto comunitario frente a las importaciones y teniendo en cuenta la diversidad territorial de regiones como Canarias.

Romper con esa loza de negatividad no es obviar las dificultades que comporta dedicarse a la actividad agraria. Solo queremos abrir vías de esperanza para el presente y futuro del sector. Quienes ya transitan por esa adaptación tecnológica y ecológica se muestran convencidos de que es el camino a seguir. Los riesgos siempre van a estar presentes, pero dependerá de nosotros seguir viéndonos como víctimas o asumir que podemos ser líderes de nuestro propio desarrollo.

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