Canarias duplica la superficie de lechuga en una década y ya supera las 1.000 hectáreas de cultivo

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El sistema hidropónico sin sustrato gana peso. “Se ahorra agua, reduce a un 10% los tratamientos fitosanitarios y permite hasta ocho cultivos al año”, según el director de cultivo de Canarisol, Juan Antonio Nisa.

Canarias es autosuficiente en producción de lechugas. Todo lo que se produce (+ del 97%, según un estudio sobre autoabastecimiento de la ULL), se consume en el mercado local. El carácter perecedero de este vegetal, la creciente demanda de productos de cuarta gama (ya cortados y listos para consumir en forma de ensaladas) y la escasa competencia exterior, dada la prohibición de la Orden del 12 de marzo de 1987 que impide la importación de este tipo de hortaliza de hojas, la más cultivada y consumida del mundo, propician un cultivo en continuo crecimiento. Basta comprobar las estadísticas oficiales para darse cuenta de los datos positivos. Si en el año 2014, las islas destinaban una superficie de 556 hectáreas, en 2024 se multiplicaba por dos superando las 1.000 hectáreas (1.051 para ser exactos).
La lechuga se cultiva en suelo, pero también bajo el sistema hidropónico, sin sustrato, que va ganando peso por las ventajas que ofrece esta alternativa. Juan Antonio Nisa, director de cultivo de Canarisol, una de las mayores empresas del Archipiélago especializada en la producción de este género vegetal, con 11 millones de unidades anuales, explica que, aunque producen mayoritariamente en suelo, cuentan con un proyecto de hidroponía incorporado hace 15 años y su objetivo es multiplicar por cuatro la superficie actual.

El método, para el que se emplean canales donde se insertan las plántulas de lechuga, contribuye a un significativo ahorro en insumos como el agua o los tratamientos fitosanitarios reduciendo las dosis a un 10% de lo habitual, además de maximizar el espacio disponible y acelerar los ciclos de producción porque no hay tiempos muertos como en suelo tras la cosecha (retirada de mangueras, preparación del terreno…). “Es un 20% más rápido que con el método tradicional y permite obtener hasta ocho cultivos al año en lugar de cuatro como es lo habitual”, apunta este experto.

Lechugas de Canarisol cultivadas en hidropónico en El Socorro (Tegueste). Imagen de Archivo.

Con el sistema hidropónico, las raíces de las lechugas están “a remojo”, permanecen sumergidas en una solución acuosa rica en nutrientes que facilita el desarrollo de la planta. Esta solución recircula constantemente por lo que la huella hídrica es muy baja. Se evitan las enfermedades de suelo y no hay problema de hierbas. El reto es lograr un equilibro de nutrientes, conductividad y pH (acorde a la temperatura ambiental) para conseguir producciones de calidad.

Canarisol produce 11 millones de unidades de lechugas al año. Proyecta multiplicar por cuatro su actual superficie de cultivo hidropónico.

Entre los hándicaps de la hidroponía, explica el director técnico de Canarisol, está la elevada inversión inicial y la dependencia energética de esta tecnología que obliga a las empresas a disponer de un grupo electrógeno alternativo para subsanar rápidamente cualquier fallo en el suministro y evitar la pérdida total de la producción. Esta circunstancia requiere de personal viviendo cerca de las explotaciones para vigilar las posibles incidencias que puedan ocurrir.

Canarisol, que produce para una gran cadena de distribución, cuenta con fincas en Tenerife y Gran Canaria. Produce en la actualidad cuatro variedades de lechugas: iceberg, cogollo, batavia roja, apollo y romana bajo la certificación Global Gap de buenas prácticas agrícolas que garantiza la seguridad alimentaria, entre otros aspectos.

Mejor frío que calor

El ciclo de producción de una lechuga cultivada en suelo está entre los 35 y los 70 días, dependiendo de la estación. Su crecimiento es más rápido en verano que en invierno, pero es un cultivo que no tolera las altas temperaturas ya que su sistema radicular es muy reducido por lo que se estresa cuando hay escasez de humedad, además de afectarle la sequía, motivos por los que prefiere el otoño y la primavera para desarrollarse.

En riego, “es exigente en agua de buena calidad y, si es de galería, mucho mejor”, matiza el técnico. Requiere un “suelo suelto” y, en materia de nutrición, se le aporta abono natural (compost) una vez al año. Para el control de plagas y enfermedades, emplean la lucha integrada frente a la reducción de materias activas disponibles.

Sobre la posibilidad de cultivar lechuga ecológica, Nisa muestras sus reticencias: “es viable, pero el mercado no lo valora y el consumidor canario no lo demanda porque no siempre está dispuesto a pagar más”. Otra cuestión relevante, en su opinión, es el “mal manejo” de la lechuga ecológica en Canarias que tampoco le favorece: “no emplear fitosanitarios, no debe implicar una baja calidad del producto porque el consumidor lo rechaza”.

¿Cultivar lechugas en ecológico? “es viable, pero el consumidor canario no lo demanda porque no siempre está dispuesto a pagar más”, Juan Antonio Nisa.

La opción ecológica se topa además con otros inconvenientes en el Archipiélago. Por una parte, el factor territorial dificulta garantizar que el cultivo de lechugas esté libre de pesticidas si la parcela donde se cultiva está próxima a fincas donde se practica una agricultura convencional. De otra, en el punto de venta, el producto debe estar separado del resto para evitar contaminación cruzada y no todos los establecimientos comerciales están preparados para una ubicación específica. Nisa cree, no obstante, que la lechuga eco podría ser una línea a desarrollar, pero lo primero es crear una base cultural en las islas para que el cliente lo demande, “de nada vale que en un restaurante te sirvan una ensalada con lechuga ecológica, si el resto de ingredientes no lo son”. Sin esa base y, siendo conscientes de la menor durabilidad del tiempo de consumo, será difícil que prospere y alcanzar niveles como el de Alemania o Reino Unido donde la ecología está altamente implantada.

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